Un hombre de una pieza

enero 12, 2010

Jaime Gómez Triana

Mañana, 13 de enero, cumpliría 64 años el maestro Freddy Artiles, quien falleció el pasado 24 de diciembre. La noticia de su muerte corrió como pólvora, sin embargo los días festivos impidieron que muchos de los que lo estimábamos nos enteráramos a tiempo para asistir a sus honras fúnebres. Lamento no haber podido estar allí junto a Mayra Navarro, su esposa; a Adriana, su hija; y a los demás familiares y colegas que lo acompañaron. La noticia llegó tarde y con ella los múltiples recuerdos.

Justo unos días antes estaba yo indagando por el papel blanco que se necesitaba – y que aún se necesita– para imprimir La calle de los fantasmas y otras obras de títeres, una antología de la obra del gran titiritero argentino Javier Villafañe que preparé junto a Freddy el pasado año   para el Fondo Editorial Casa y que él tuvo la generosidad de prologar.  Se cumplían cien años del nacimiento de Villafañe y cómo no pensar en mi maestro, para emprender un proyecto sobre el titiritero. Y es que, más allá de rendir justo y merecido homenaje a la obra del Maese Trotamundos, cuya dramaturgia hasta el momento solo se había publicado en Cuba en las páginas de la revista Conjunto, me interesaba saldar una deuda con mi profesor de Historia del Teatro de Títeres y para Niños.

Freddy insistió siempre en la necesidad de valorar justamente el quehacer de aquellos que trabajan para los más pequeños y en particular de los titiriteros. De ahí que, junto a su producción dramatúrgica y  a los otros proyectos que emprendía con el objetivo de granarse el pan –tenía el maestro las cosas muy claras –, dedicará mucho tiempo a la investigación y también a la docencia. Rubén Darío Salazar, cercano colaborador del autor de Adriana en dos tiempos y El conejito descontento, y la propia Mayra Navarro, su compañera en la vida y en las aventuras de la escena, podrán referirse con más propiedad a la labor pedagógica de Freddy Artiles, desempeño sobre el que volvió una y otra vez, proyecto tras proyecto, del taller al diplomado universitario, de aula a la televisión.

En clases y en libros, Freddy trazó para nosotros la trayectoria que conduce de Maccus a Pelusín del Monte, un devenir que siempre consideró parte de la Maravillosa historia del teatro universal. Un compendio de sucesos diversos, anécdotas y valoraciones, escritos con un lenguaje accesible para todos, completan en cada uno de sus libros una historia nueva y desconocida, a la que volvía siempre para profundizar o  incorporar nuevos elementos que pusieran de relieve,  junto a  los más conocidos autores o acontecimientos, la historia teatral de los sin historia: Niños, títeres y actores.

En ese sentido es inmenso su aporte en la configuración de una historia del teatro de títeres y para niños en Cuba. Ahí está su libro Teatro y dramaturgia para niños en la Revolución (1988), del que, recientemente, se ha publicado una versión ampliada con fines didácticos. También están sus antologías Teatro para niños (1981) y Aventuras en el teatro (1988), ambas publicadas por Letra Cubanas. Y están también las Nuevas aventuras de Pelusín del Monte (2003), que él mismo tecleó, ajustó y modificó, traspasando los libretos, originalmente concebidos por Dora Alonso para la televisión, a la forma dramática. Todo ello con el objetivo de que esas nuevas historias comenzaran a representarse en toda Cuba y permitieran a las nuevas generaciones establecer un vínculo vivo con ese personaje que el propio Freddy llamó, nuestro títere nacional.

Una gran pasión por el conocimiento y un verdadero amor por los títeres y los niños movían a Freddy. Recuerdo que lo encontré en el 2002, unos días antes de mi salida para Corea del Sur, a donde viaje acompañando a El Ciervo Encantado. No más le conté de mi viaje, me dijo: “trata de ver los títeres y en particular intenta ver  los títeres acuáticos de Viet Nan”. Yo viajaba a Corea y no haría escala en ningún otro país de Asia, lo que hacía del todo improbable mi contacto con la famosa tradición, titiritera y acuática, exclusivamente vietnamita. Eso creía yo, pero  Freddy insistía y fue quizás su deseo el que me llevó directamente al encuentro de las muy raras figuras lacustres, pues allí, en Corea, estaban los vietnamitas con su lago artificial,  sus muñecos y sus prodigios. Aquella vez traje para Freddy el programa del espectáculo y el cuento completo de mi experiencia, que completarían luego Rubén Darío Salazar y Yanisbel Martínez, esta última un verdadera autoridad en el tema.

Un año después de ese viaje reencontré a Freddy en el Taller de Títeres  de Matanzas a donde me fui con el principal objetivo de asistir, en calidad de observador, a sus clases de dramaturgia titiritera. Fueron días intensos de aprendizaje y convivencia. Trabajé muchísimo y escribí sin parar un ejercicio tras otro. Casi sin darme cuenta, el método del maestro y su entrenamiento comenzaron a actuar en mí y pasé de simple observador a participante activo del taller en que había otros creadores y dramaturgos. Resultado de ese encuentro son dos obritas mías de media cuartilla cada una  –las únicas que he escrito en mi vida, si descontamos un texto adolecente— que el propio Freddy hizo publicar en la revista mexicana Teokikixtli, especializada en el teatro de figuras.

Allí en matanzas, mientras tomábamos café en La Vigía, hablamos de todos los temas, incluido el de la parametración y los hermanos Camejo, sobre los que publicó un texto en la revista Conjunto. Supe entonces, que no era tan fiero el león como lo pintaban y que la fama de majadero –bien ganada, sin duda, porque siempre defendió hasta el final aquello en lo que creía y esa rectitud,  entre cubanos, suele ser llamada majadería— escondía a un hombre profundamente sensible, cariñoso, apasionado y para nada esquemático; un hombre totalmente comprometido con el teatro y con la escritura, que supo enrolar a muchos en sus búsquedas, siendo quizás el propio Rubén Darío Salazar su más destacado continuador. Ese, él que conocí entonces, también era Freddy, un hombre de una pieza, que fue dramaturgo, investigador, profesor, guionista, doctor en ciencias del arte, espectador teatral, crítico, y mucho, mucho más que todo eso.

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